“La maternidad espiritual de María no se limita a su
cooperación histórica
a la obra de Cristo, sino que perdura también después de
su asunción
al cielo y hasta la perpetua coronación de los elegidos.
Se
manifiesta, bien a través de una múltiple intercesión para
obtener a los
hombres los dones de la salvación, bien a través de la
solicitud materna por sus hijos que se encuentran aún en medio de
los peligros y los afanes de la
vida” (LG 61-62).
Si la Virgen María, por la Encarnación llegó hacer la madre
del Verbo, desde el altar de la Cruz fue solemnemente proclamada Madre nuestra.
En Juan estaban representados todos los hombres. El corazón de María desde
aquel momento empezó a latir por nosotros con su intenso afecto. Ella se sintió
constituida Madre de Gracia y de Misericordia, aunque en medio de la tremenda
angustia de un dolor que la humanidad no olvidará nunca.
Sí, el amor es hijo del dolor. Desde la Cruz del Señor Jesús,
al mismo tiempo que le entregaba a Juan, tuvo que darle a la Madre una infinita
capacidad de afecto, y un inmenso corazón como el cielo y profundo como los
abismos del mar, para así ser digna madre de un pueblo sin número.
La Virgen, como Madre que es, nos ama con un amor que no
conoce los límites de lo terreno y lo humano, porque se alimenta únicamente del
amor infinito con el cual Dios ha amado a los hombres.
Como diría Santo
Tomás de Aquino:
“El amor de Dios y
del prójimo son como dos ríos que brotan de la misma fuente y no difieren
sustancialmente entre ellos, teniendo una misma razón formal que los vivifica y
alimenta”.
Para entender el amor que la Virgen nos tiene, sería
necesario entender ante todo el amor que ella tiene por Dios. La Virgen nos ama
porque ve en nosotros no tanto la obra de la naturaleza, sino la de la gracia;
porque ve en nuestras almas lavadas por la sangre de la Victima Divina;
porque reconoce en nosotros la imagen
adorable de su Hijo Jesús.
Te venero, oh gran reina, y te agradezco todas las gracias
que hasta ahora me has hecho. Te suplico que inflames mi corazón de amor por tu
divino Hijo.
Te amo, Señora amabilísima y por el amor que te tengo, te
prometo servirte siempre y hacer todo lo posible para que junto a tu amado Hijo
sean el centro y fuerza de mi familia.
A ti consagro mi vocación, se tu mi maestra, cuida de ella, especialmente en estos momentos de oscuridad y desesperación.
Oh Madre de Misericordia, acéptame como tu servidor y acógeme
bajo tu manto, y ya que eres tan poderosa para con Dios, líbrame de todas las
tentaciones, o alcánzame fuerzas para vencerlas hasta la muerte.
Te ruego siempre me ayudes, no me desampares mientras no
veas salvo en el Cielo, cantando tus misericordias por toda la eternidad…
Jaime García.



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