jueves, 9 de mayo de 2013

LA MATERNIDAD ESPIRITUAL DE MARÍA SANTÍSIMA.





“La maternidad espiritual de María no se limita a su cooperación histórica 
a la obra de Cristo, sino que perdura también después de su asunción 
al cielo y hasta la perpetua coronación de los elegidos. 
Se manifiesta, bien a través de una múltiple intercesión para 
obtener a los hombres los dones de la salvación, bien a través de la 
solicitud materna por sus hijos que se encuentran aún en medio de
 los peligros y los afanes de la vida” (LG 61-62).


Si la Virgen María, por la Encarnación llegó hacer la madre del Verbo, desde el altar de la Cruz fue solemnemente proclamada Madre nuestra. En Juan estaban representados todos los hombres. El corazón de María desde aquel momento empezó a latir por nosotros con su intenso afecto. Ella se sintió constituida Madre de Gracia y de Misericordia, aunque en medio de la tremenda angustia de un dolor que la humanidad no olvidará nunca.
Sí, el amor es hijo del dolor. Desde la Cruz del Señor Jesús, al mismo tiempo que le entregaba a Juan, tuvo que darle a la Madre una infinita capacidad de afecto, y un inmenso corazón como el cielo y profundo como los abismos del mar, para así ser digna madre de un pueblo sin número.
La Virgen, como Madre que es, nos ama con un amor que no conoce los límites de lo terreno y lo humano, porque se alimenta únicamente del amor infinito con el cual Dios ha amado a los hombres.




Como diría Santo Tomás de Aquino:

          “El amor de Dios y del prójimo son como dos ríos que brotan de la misma fuente y no                                difieren sustancialmente entre ellos, teniendo una misma razón formal que los vivifica y alimenta”.

Para entender el amor que la Virgen nos tiene, sería necesario entender ante todo el amor que ella tiene por Dios. La Virgen nos ama porque ve en nosotros no tanto la obra de la naturaleza, sino la de la gracia; porque ve en nuestras almas lavadas por la sangre de la Victima Divina; porque  reconoce en nosotros la imagen adorable de su Hijo Jesús.


Te venero, oh gran reina, y te agradezco todas las gracias que hasta ahora me has hecho. Te suplico que inflames mi corazón de amor por tu divino Hijo.
Te amo, Señora amabilísima y por el amor que te tengo, te prometo servirte siempre y hacer todo lo posible para que junto a tu amado Hijo sean el centro y fuerza de mi familia.
A ti consagro mi vocación, se tu mi maestra, cuida de ella, especialmente en estos momentos de oscuridad y desesperación.
Oh Madre de Misericordia, acéptame como tu servidor y acógeme bajo tu manto, y ya que eres tan poderosa para con Dios, líbrame de todas las tentaciones, o alcánzame fuerzas para vencerlas hasta la muerte.
Te ruego siempre me ayudes, no me desampares mientras no veas salvo en el Cielo, cantando tus misericordias por toda la eternidad…
                                                                               
                                                                      Jaime García.



                   

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